De la enfermedad a la salud. Las herramientas internas para hacerlo
Cuando tenemos una enfermedad, síntomas digestivos o nos sentimos mal, buscamos cambiar utilizando el exterior. Depositamos nuestra esperanza en que una pastilla, un suplemento, un libro, una persona… o cualquier otra cosa tenga la capacidad de cambiarnos, y así solucionar nuestros problemas y nuestro malestar. Es normal pensar esto, ya que nos han enseñado así desde pequeños: que el jarabe quita la tos, la pastilla el dolor, los juguetes quitan la tristeza o nuestras chuches favoritas el enfado.
Las herramientas externas como el deporte, la alimentación, la música, las relaciones, los suplementos… pueden ayudarnos con nuestros síntomas. Todos ellos nos ayudan a modificar la bioquímica interna en búsqueda de equilibrar nuestros órganos, hormonas, sistema nervioso… etc, para así volver al estado de salud.
Sin embargo, hoy quiero hablarte de los recursos internos con los que podemos contar para cambiar nuestra bioquímica, y sí, desde el interior.
Con este artículo aprenderás cómo es que tu corazón, tu respiración, los pensamientos y emociones tienen la capacidad de sanarte. Esta información no solo es curiosa o interesante, verdaderamente es clave en tu proceso de sanación y reconexión con tu cuerpo. Porque solo cambiar desde el exterior (con alimentación, suplementos…) no es suficiente para verdaderamente vivir en un estado de salud, energía, calma, vitalidad y reconexión con la vida.
El cuerpo no es un conjunto de secciones que nada tengan que ver entre sí. El cuerpo es un sistema viviente que todo lo conoce, un cuerpo que siente tus emociones, que vive tus pensamientos, que vibra a una determinada frecuencia y que es reflejo de quien eres. El cuerpo es un reflejo, y a la vez, es influido por todo ello.
Bienvenido a este viaje de verdadera integración, pues la salud nace de esa coherencia perfecta entre cuerpo, mente, alma y emoción.
Tabla de contenidos
Epigenética: cómo el entorno determina tu salud
Durante mucho tiempo se pensó que las enfermedades eran cuestión de mala o buena suerte, que cuando naces vienes al mundo con unas cartas (tus genes) y que éstos determinan la salud que vas a tener a lo largo de tu vida. A esto se le llama determinismo. Hay mucha gente que sigue creyendo en esto: tus genes te determinan y las enfermedades son una lotería. Los genes son tus cartas con las que vienes a jugar al mundo, lo que no cuentan es que no es tan importante qué cartas tienes, sino cómo juegas esas cartas.
La epigenética viene precisamente a enseñarte la importancia de saber jugar esas cartas. La epigenética significa “ por encima del gen”, y explica cómo es que para que tus genes expresen su función (o no lo hagan), primero deben encontrarse encendidos (o apagados). Esta es la clave, pues lo interesante es tener encendidos los genes que promueven la reparación, y por otro lado tener apagados los genes que puedan ocasionar caos y daño en el tiempo.
Lo que determina qué genes se encuentran encendidos y cuáles apagados es el entorno. Esto tiene sentido pues apagar o encender nuestros genes nos permite configurar nuestro cuerpo para adaptarnos al entorno lo mejor posible.
No sobrevive el mejor, sino el que mejor se adapta.
Este principio hace que nuestro cuerpo esté diseñado al detalle para recibir información exacta de qué está ocurriendo, y dispone de un mecanismo perfecto para adaptarse al entorno.
Cuando nuestro cuerpo percibe un peligro no tenemos que preocuparnos de generar más energía, ni de hacer que nuestro corazón lata más rápido… ni esforzarnos en revisar nuestra biblioteca de recuerdos para encontrar qué hicimos en experiencias pasadas que nos permitió sobrevivir. Todo esto ocurre al instante y de forma automática sin que nos demos cuenta, y es que nuestro cuerpo está perfectamente capacitado para mantenernos a salvo.
El entorno no es aquello externo a lo que se expone el cuerpo, es todo aquello a lo que se exponen nuestras células: tanto factores externos como factores internos.
El entorno de la célula está marcado por:
Factores externos: las toxinas y microorganismos del ambiente, con quién nos relacionamos, cómo nos alimentamos, si recibimos el sol, si nos rodeamos de naturaleza, la información a la que nos exponemos…
Factores internos: nuestros pensamientos, respiración, emociones, creencias, hormonas, campo electromagnético del corazón…
Cada factor es información del entorno para nuestras células (y para los genes que se encuentran dentro de ellas) → el entorno da instrucciones a los genes para mantenerse apagados o encendidos → la expresión de los genes cambia la funcionalidad de la célula, el tejido, el órgano, y finalmente nuestro cuerpo entero.
Le hemos dado mucha relevancia a los factores externos, tenemos mucho conocimiento (puede que demasiado) de cómo nos afectan y qué debemos hacer. Ahora es el momento de darle al “mundo interno” el lugar que se merece.
¿Nos han explicado cómo deberíamos sentir?
¿Cómo deberíamos pensar?
¿Y respirar?
¿O cómo sincronizar nuestro corazón con el cerebro?
… para así obtener salud.
La salud no es un resultado, es un estado
La salud no significa que no tenemos síntomas, o que nos sintamos bien y con energía, aunque si sean características suyas. Pero la salud va mucho más allá. Es un estado integral en el que el cuerpo goza de equilibrio, orden, coherencia, fluidez, armonía, paz y alta vibración. En este estado, el cuerpo encuentra seguridad, reparación, crecimiento y capacidad para hacer frente a los desafíos recobrando el equilibrio rápidamente.
En este estado, el cuerpo es capaz de lidiar con un virus, una herida, eventos de estrés agudo… etc, con éxito para después volver a la calma, nuestro supuesto estado natural.
Alejarnos de este estado de equilibrio y coherencia interna (salud) hace que el estrés no se solucione y se cronifique, que las inflamaciones no se resuelvan, que el sistema inmune no pueda con el virus, que las células se queden sin capacidad de producir energía, o que el sistema nervioso perciba peligro de forma constante haciendo saltar las alarmas.
Alejarnos del estado de salud es el origen de las enfermedades crónicas, las enfermedades modernas, y en última instancia, el fallo grave de los órganos.
Para poder explicarte cómo devolver el estado de salud a tu cuerpo, será importante comprender bien qué es exactamente este estado y qué mecanismos lo mantienen.
Una sinfonía biológica y cuatro sistemas que la sustentan
La salud es un estado de coherencia fisiológica entre 4 centros del cuerpo que no permanecen aislados, sino que hablan y se influyen entre sí. Cuando un centro se desajusta, los demás intentan compensar, y si el desequilibrio se mantiene, aparece la enfermedad.
En un estado de coherencia:
El ritmo del corazón se armoniza con la respiración.
El cerebro recibe señales ordenadas y reduce el estrés.
El intestino se relaja y equilibra la microbiota.
Y el sistema entero entra en regeneración: se repara, se adapta y genera bienestar.
Veamos cada uno de los 4 centros:
El corazón
Es el director. El corazón no solo bombea; sino que siente, procesa e informa. El corazón tiene 40 000 neuronas con capacidad de generar el campo electromagnético más potente del cuerpo (miles de veces más fuerte que el cerebro). Funciona como una antena emitiendo una frecuencia que permite coordinar otros ritmos biológicos (cerebro, respiración, digestión, células…) para que se sincronicen al ritmo del corazón.
Las células tienen una frecuencia natural determinada por su bioquímica y electricidad. En coherencia cardíaca, las células adquieren características eléctricas, químicas y fisiológicas en resonancia y equilibrio con una mayor vibración. Esto es a lo que se le llama “vibrar alto” o “vibrar elevado”. No es algo esotérico o exclusivamente espiritual. Es químico y biológico: nuestras células vibran a la vez, en armonía, con mayor comunicación y a mayor frecuencia.
Para que esta sincronización del cuerpo con el corazón se pueda dar, debe existir un estado de coherencia cardíaca. Es un estado en el que las variaciones del ritmo cardíaco entran en un patrón específico y armónico. La coherencia cardíaca se alcanza cuando:
- El corazón se sincroniza con una respiración lenta y rítmica (de 5-6 respiraciones por minuto). En esta respiración hay un equilibro entre el sistema simpático (acelerador) y parasimpático (freno). Cada inhalación acelera el corazón y cada exhalación lo desacelera.
- Y cuando el corazón responde a estados emocionales de gratitud y amor. Estas emociones son señales de seguridad que permiten un ritmo organizado. Por el contrario, emociones de miedo vuelven al ritmo caótico e irregular, haciendo que se rompa la coherencia.
Un corazón en coherencia cardíaca sincroniza a su vez al cerebro. Las señales eléctricas ascendentes que le manda el corazón a través del nervio vago son de calma (“estamos a salvo”), influyendo en los centros cerebrales responsables de procesar las emociones y tomar decisiones (como la amígdala, el hipocampo o la corteza prefrontal). En coherencia, la mente encuentra claridad, foco, y se vuelve menos reactiva.
La respiración
Es el metrónomo que marca el ritmo de todo el sistema. Es la única función automática que podemos controlar (no podemos hacer que el corazón lata más lento, o decirle a la digestión que pare; pero sí podemos respirar distinto). Es por ello, que la respiración es la puerta de entrada a la autorregulación.
Para entrar en coherencia respiratoria deberemos:
inhalar en 5-6 segundos
exhalar en otros 5-6 segundos
No hacer una pausa forzada entre ambas
Haciendo un total de 5-6 respiraciones por minuto.
Al cabo de 1-2 minutos la coherencia respiratoria sincroniza al corazón que entrará en coherencia cardíaca. Y al cabo de 3-5 minutos, la respiración regula la amígdala (responsable de la percepción emocional), la corteza prefrontral (claridad mental) y otros centros de estrés y atención.
El cerebro
Funciona como el intérprete, el traductor y el integrador de todo lo que ocurre en el cuerpo. El cerebro no crea pensamientos y emociones de la nada, sino que los crea a partir de la interpretación de todo aquello que recibe. No es un director que ordena, como siempre se ha dicho; sino que más bien escucha; ya que el 80% de la información viaja desde el cuerpo al cerebro, y solo el 20% lo hace del cerebro al cuerpo.
Cuando el resto de los centros se encuentran en coherencia, en especial el corazón, el cerebro percibe señales armónicas. Estas señales llegan a la amígdala, que es la responsable de evaluar el valor emocional de la información, así como de la percepción de seguridad o amenaza.
- En coherencia, la amígdala interpreta “seguridad” y da permiso para que el cuerpo descanse y se repare.
- Pero si los centros mandan señales de desequilibrio; la amígdala lo interpreta como “peligro”, y activará la bioquímica de supervivencia.
Por eso para calmar la mente, debes asegurarte de calmar el cuerpo primero.
El cerebro percibe lo que ocurre en el cuerpo (como los latidos, la respiración, la temperatura o el intestino) gracias a redes y centros neuronales interoceptivos. La interocepción es la capacidad de sentirse por dentro; y cuanta más conexión interoceptiva haya, mayor capacidad tendremos para autorregularnos y mayor coherencia habrá entre el cuerpo y la mente.
Para ayudar al cerebro a entrar en coherencia tenemos que sincronizar su ritmo con el del cuerpo. Para hacerlo, debemos (1) entrar en coherencia respiratoria (mediante la respiración lenta y rítmica), (2) coherencia cardíaca (con la respiración y emociones de amor y gratitud) y (3) mejorar nuestra capacidad interoceptiva mediante meditaciones de consciencia corporal.
El intestino
Representa la base profunda de la coherencia fisiológica. El intestino es como un sensor de todo lo que sucede en el cuerpo. Cuando hay coherencia corporal (respiración calmada, corazón rítmico y mente en presencia): la digestión es eficiente, hay un equilibrio inmunitario (el 80% del sistema inmune se encuentra en el intestino), y la microbiota produce moléculas y metabolitos de bienestar y reparación: como serotonina, dopamina, GABA o butirato.
El intestino retroalimenta este estado de coherencia. En equilibrio estimula el tono vagal, mandando señales que regulan: (1) la frecuencia cardíaca, (2) el ritmo respiratorio, (3) la presión arterial, y (4) la actividad emocional del cerebro.
El intestino es un reflejo, y a la vez, un sostén del estado del resto de centros que forman la coherencia fisiológica. Sin embargo, cuando el intestino recibe información de incoherencia, desorden y alarma; responde adaptándose como si el cuerpo estuviera en peligro:
- La motilidad se altera, apareciendo estreñimiento o diarrea
- Las glándulas digestivas reducen la producción de jugos y enzimas
- Aumenta la inflamación y la permeabilidad intestinal
- La microbiota se desregula, aumentan las especies patógenas y se altera la producción de neurotransmisores.
La coherencia permite salud, el caos induce enfermedad
La coherencia y la vibración rítmica (al compás) de todos los centros; favorece la comunicación y la transmisión de señales de calma y regulación. En coherencia, el cuerpo se repara, descansa y crece; y los centros se equilibran y regulan entre sí.
Una falta de coherencia (respiración desordenada, latido no rítmico, intestino inflamado o un cerebro reactivo) hace que los centros perciban que se encuentran en un entorno peligroso, y se retroalimentan entre sí, aumentando la percepción de amenaza.
En esta situación, las células no están en modo reparación; sino que por epigenética (modulación de los genes por el entorno), las células entran en modo supervivencia. La bioquímica de supervivencia consume la energía, acaba con los recursos, desgasta las células, produce metabolitos tóxicos… y a largo plazo constituye la enfermedad.
La solución para ir desde un estado predispuesto a la enfermedad a un estado predispuesto a la salud es clara: la coherencia fisiológica.
Desde este estado, todo lo que apliquemos de forma externa: alimentación, suplementos, medicamentos, actividades… tendrá mucho más afecto; porque el cuerpo no estará en modo supervivencia sino predispuesto para la sanación.
El poder de los pensamientos
Hemos visto como nuestros centros internos pueden cambiar por completo nuestra bioquímica y el “cómo” nos sentimos. Ahora me gustaría detenerme para profundizar en los pensamientos como otra herramienta clave para alcanzar un estado de salud.
Los pensamientos no son algo abstracto: son señales eléctricas y bioquímicas. Cada vez que pensamos, el cerebro:
- Activa una red neuronal específica
- Genera impulsos eléctricos
- Y las neuronas liberan neurotransmisores que comunican neuronas entre sí
Un pensamiento tiene la capacidad de cambiar nuestra bioquímica, ya que el pensamiento desencadena toda una cascada eléctrica, que se traduce en una cascada química. Como resultado de los pensamientos, se producen neurotransmisores, hormonas y señales eléctricas que cambian el comportamiento de las células. El tipo de moléculas que se producen dependerá del tipo de pensamiento.
A continuación, te dejo una tabla en el que puedes ver como diferentes tipos de pensamiento, activan diferentes zonas del cerebro, produciendo moléculas distintas que tienen un efecto específico en el organismo.
Hay diferentes tipos de pensamiento asociados a diferentes emociones (ira, vergüenza, culpa, aceptación, valentía, alegría…) pero básicamente estos pensamientos y emociones se clasifican en 2 estados: amor o miedo.
Los pensamientos y emociones de amor producen una bioquímica que manda señales de seguridad al cuerpo. Son pensamientos que promueven la coherencia fisiológica y que mandan calma al cerebro, corazón, respiración e intestino. Son pensamientos que promueven la reparación, el descanso y la salud.
Mientras que los pensamientos de miedo, se transforman en señales eléctricas de peligro, activando toda la bioquímica de supervivencia. En este estado, los centros no pueden permanecer en coherencia, sino que se desregulan, entrando en estado de desorden, inflamación y enfermedad. Los pensamientos también afectan a los 4 centros.
En resumen, nuestros pensamientos, emociones y coherencia fisiológica entre nuestros centros de regulación; tienen la capacidad de cambiar toda nuestra bioquímica y estado del cuerpo. Y todo ello sin que tengamos en cuenta el entorno externo. Por eso, lo externo es importante, sí, pero si quieres verdaderamente vivir desde un estado de salud, es necesario el equilibrio de tu biología; en el que tu cuerpo pueda sentir seguridad encarnada, en lugar de supervivencia. Por eso no contemplo otra metodología terapéutica que no incluya el trabajo de las 3 esferas: bioquímica, neuroemocional y mental.
Nuestro cuerpo está creado para vivir en coherencia.
Un saludo,
Y nos vemos en el próximo artículo.
