EL DOLOR NO SIEMPRE TIENE ORIGEN EN EL TEJIDO QUE DUELE
Me acuerdo aún de esas sesiones en las que no todo salía como quería.
Estaba un poco insatisfecho porque el paciente mejoraba, el tejido respondía… pero a los días el dolor volvía.
Volvían los hombros cargados.
El trapecio que nunca terminaba de soltarse.
La zona lumbar que parecía depender más de la frecuencia de las sesiones que de una resolución real…
Cuando esto ocurría, la reacción más lógica que tuve siempre fue insistir en:
Aplicar más técnicas.
Profundizar más.
Corregir mejor la estructura…
Tenía todo el sentido.
Pero con el tiempo empecé a pensar que tenía que haber algo más.
Y cuando comencé a mirar al paciente de forma más holística me di cuenta de lo siguiente:
“No es que el tejido no responda, es que el origen del problema no está ahí”.
Y con eso, empezó un cambio radical en mi forma de ver y tratar al paciente.
Cuando los resultados no se sostienen, el problema rara vez es técnico (no es cuestión de tu técnica con el paciente). Se trata de una cuestión conceptual respecto al problema.
Como ya sabrás, el cuerpo no funciona como un conjunto de piezas independientes, sino como un sistema profundamente interconectado.
A veces el músculo no es la causa del dolor, sino el lugar donde el cuerpo está expresando un desequilibrio que se origina en otro nivel.
En esos casos, la solución no es hacer más sobre el tejido.
La solución es cambiar la perspectiva, ampliar la mirada y empezar a trabajar desde un enfoque más holístico e integrador, capaz de leer el cuerpo como un todo.
Tabla de contenidos
QUÉ ES REALMENTE EL DOLOR
Para poder cambiar la forma de abordar el dolor, primero hay que cambiar cómo lo entendemos.
El dolor no es daño.
El dolor es información.
Porque no vive en el músculo, ni en la articulación, ni siquiera en la fascia.
Vive en el sistema nervioso.
Es el sistema nervioso quien interpreta las señales que recibe del cuerpo y decide:
- cuándo duele,
- cuánto duele,
- y, algo clave para el tema de hoy… dónde duele.
Por eso podemos encontrar tejidos sin lesión que duelen, y tejidos dañados que no generan dolor.
Y por eso el dolor puede manifestarse en una zona distinta al lugar donde se origina el problema.
Aquí la médula espinal tiene un papel fundamental.
Funciona como un gran centro de integración organizado por segmentos medulares.
En cada uno de estos segmentos convergen señales procedentes de músculos, piel, articulaciones, vasos sanguíneos… y también de las vísceras.
La médula no distingue si la información es “muscular” o “visceral”.
Para el sistema nervioso, todo pertenece al mismo territorio neurológico.
Esta forma de organización explica por qué el cuerpo no trabaja por piezas aisladas, sino por territorios neurológicos compartidos.
Y es precisamente aquí donde nace el concepto de dolor referido de origen visceral: el dolor no aparece donde está el problema, sino donde el sistema nervioso decide expresarlo.
Esta perspectiva cambia por completo la manera de entender y tratar el dolor persistente.
LOS 4 TIPOS DE DOLOR
Para comprender el dolor de origen visceral, primero es necesario dejar de hablar del dolor como un “único” dolor.
No todo dolor es igual, ni se produce por los mismos mecanismos.
Desde una mirada clínica, podemos diferenciar cuatro grandes tipos de dolor:
Dolor neuropático
Tiene origen en el nervio o en su procesamiento.
Suele sentirse como quemazón, eléctrico, punzante o irradiado.
Cambia con la tensión neural y con determinadas posturas.
Dolor inflamatorio
Está asociado a una lesión tisular clara.
Da sensación de calor, edema, enrojecimiento y empeora con el movimiento.
Es el tipo de dolor que más fácilmente reconocemos y tratamos.
Dolor hipóxico
Se produce cuando el tejido recibe menos oxígeno del que necesita.
No hay lesión estructural, pero sí una alteración en el flujo sanguíneo que impide la llegada de nutrientes y la reparación.
Es profundo y persistente.
Sensibilización central
Se produce cuando el sistema nervioso amplifica la señal de dolor.
El problema ya no está en el tejido, sino en cómo el sistema nervioso central interpreta el estado de ese tejido.
Cuando hablamos de dolor de origen visceral, es importante entender que no suele ser inflamatorio.
Lo que encontramos con más frecuencia en consulta es dolor hipóxico muscular.
Un dolor que mejora con el movimiento (porque aumenta la llegada de sangre) y empeora con la inmovilización o el reposo prolongado.
Este patrón es una de las claves clínicas que nos hace sospechar de un origen reflejo y no puramente estructural.
Es este matiz el que cambia por completo la forma de abordar el dolor persistente.
CÓMO UNA VÍSCERA PUEDE GENERAR DOLOR EN OTRA ZONA: DE LA VÍSCERA A LA MÉDULA
Cuando una víscera se altera (por inflamación, estrés funcional, hipoxia o pérdida de adaptación) envía información al sistema nervioso a través de vías autonómicas, principalmente simpáticas.
Esa información entra en la médula espinal por segmentos medulares concretos, según la víscera implicada.
Y aquí ocurre algo clave: en el asta posterior de la médula no existe una separación clara entre lo visceral y lo somático.
Las aferencias que vienen de los órganos convergen con las aferencias que vienen de:
- músculos,
- piel,
- fascia,
- y articulaciones,
en las mismas neuronas.
La médula no etiqueta la información como “esto viene de una víscera” o “esto viene de un músculo”.
Simplemente integra señales dentro de un mismo territorio neurológico.
Cuando esa información asciende al cerebro, este interpreta mejor el dolor somático que el visceral.
Por eso nos encontramos con lo siguiente:
el problema es visceral, pero el dolor se percibe como muscular.
Ahí nace el dolor referido.
DEL SEGMENTO MEDULAR AL DOLOR HIPÓXICO MUSCULAR
Si el estímulo visceral es puntual, el sistema se autorregula.
Pero si el estímulo se mantiene en el tiempo y no se corrige la causa, el segmento medular entra en facilitación.
La facilitación significa que:
- baja el umbral de respuesta,
- el sistema se vuelve más reactivo,
- estímulos pequeños generan respuestas exageradas.
Desde ese segmento facilitado se activa una respuesta vegetativa refleja hacia los tejidos conectados:
- aumenta el tono muscular,
- se activa la vasoconstricción,
- disminuye el riego sanguíneo local.
El resultado no es una lesión estructural, sino una hipoxia tisular.
El músculo empieza a doler porque recibe menos oxígeno del que necesita para funcionar y recuperarse.
Por eso es un dolor profundo, difuso y persistente.
El músculo no está dañado.
Está defendido, respondiendo a una alerta que no nace en él, sino en otro nivel del sistema.
POR QUÉ ESTE CAMBIO DE MIRADA LO CAMBIA TODO
Durante mucho tiempo, el abordaje del dolor ha estado centrado casi exclusivamente en el tejido que duele.
Si duele el hombro, se trata el hombro.
Si duele la lumbar, se trabaja la lumbar.
Y en muchos casos funciona.
Pero hay otros en los que la mejoría es parcial, temporal o dependiente de repetir sesiones.
La nueva mirada plantea algo distinto.
Cuando el dolor no se sostiene, quizá es que el problema no esté en el tejido, sino en el sistema que regula ese tejido.
Este enfoque permite identificar el origen real del problema, incluso cuando no coincide con la zona que duele.
Explica por qué algunos tratamientos funcionan solo durante unos días.
Y evita quedarse atrapado tratando un síntoma que en realidad es una respuesta refleja.
Cuando se aborda la causa (ya sea visceral, autonómica o neurológica) el músculo deja de estar en defensa.
El tono se normaliza, el riego mejora y el dolor desaparece sin necesidad de forzar el tejido.
No se trata de que abandonemos el trabajo estructural.
Se trata de integrarlo dentro de una visión más amplia que permita obtener resultados que sí se sostienen en el tiempo.
LA KINESIOLOGÍA COMO HERRAMIENTA DE LECTURA DEL SISTEMA
Si el dolor no siempre es local, entonces el enfoque exclusivamente local se queda corto.
El verdadero reto para nosotros como terapeutas no es tener más técnicas (por mucho que nos encante), sino saber dónde intervenir.
Y aquí es donde la kinesiología se convierte en una herramienta clave.
La kinesiología nos permite preguntar directamente al cuerpo y leer cómo está respondiendo el sistema en ese momento.
A través del test muscular funcional, podemos diferenciar si un dolor muscular es:
- un problema estructural propio del tejido,
- o el reflejo de una disfunción en otra esfera, como una víscera, el sistema nervioso o el terreno bioquímico.
Esto cambia por completo la forma de trabajar.
Dejamos de actuar por intuición o por protocolo y empezamos a priorizar con precisión qué sistema necesita ser regulado para que el cuerpo pueda adaptarse.
La kinesiología no sustituye el trabajo manual, sino que lo orienta.
Nos permite intervenir sobre la causa que mantiene el dolor y no solo sobre el síntoma que se manifiesta.
Porque el dolor no siempre está donde duele.
Pero siempre nos está informando de algo.
El 11 de enero daré una Masterclass gratuita sobre Kinesiología Holística .
Si tienes una perspectiva diferente, más integradora y te gustaría llegar al origen de los síntomas de tus pacientes…
Este es tu sitio.
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Además dentro del grupo te compartiré un Ebook con las principales relaciones entre el dolor reflejo y su origen visceral en Kinesiología Holística.
Te veo dentro.
Y hasta el próximo artículo.
Álvaro.
