El razonamiento clínico habitual es pensar que si algo duele, es porque está dañado.
Esta forma de entender el dolor nos ha llevado a buscar de manera casi automática una estructura lesionada como origen del síntoma.
De modo que, bajo este enfoque, nuestro trabajo como terapeutas se centraría en identificar el tejido afectado y tratarlo directamente.
Sin embargo, cuando llevas tiempo en consulta, empiezas a encontrarte con situaciones que no encajan dentro de esta lógica.
- Hay pacientes con lesiones evidentes en el tejido pero que no presentan dolor,
- y otros con dolor intenso… pero sin ninguna alteración clara de la zona.
Es en ese momento se nos viene a la cabeza una pregunta que transforma por completo la forma de entender el cuerpo: ¿qué es realmente el dolor?
Tabla de contenidos
El dolor no es igual a daño
La respuesta a esta pregunta cambia radicalmente el enfoque con el que empezarás a ver el cuerpo del paciente.
El dolor no es una señal directa del tejido. No es una alarma que se activa automáticamente cuando algo se rompe.
El dolor es una experiencia que construye el sistema nervioso, concretamente el cerebro, cuando interpreta que el organismo puede estar en peligro. Es decir, el dolor no indica daño, indica amenaza percibida.
Esto significa que el dolor no depende únicamente de lo que ocurre en el cuerpo, sino de cómo el sistema nervioso interpreta lo que ocurre. Es una respuesta de protección, no una evaluación objetiva de cómo se encuentra el tejido.
En los tejidos no hay dolor, hay información
En el cuerpo no existe el dolor como tal. Lo que encontramos son receptores sensoriales especializados que detectan cambios en el entorno interno como: presión, tensión, temperatura, inflamación o alteraciones químicas.
Estos receptores generan señales eléctricas y químicas que viajan hacia el sistema nervioso central.
Es importante recalcar que esas señales no son dolor. Son información. El dolor todavía no existe en este momento. Es simplemente un input que el sistema nervioso tendrá que procesar posteriormente.
La médula: el primer filtro del sistema
Esa información, antes de alcanzar el cerebro, llega a la médula espinal, y en este punto ocurre un primer nivel de modulación.
La médula no es un simple canal de transmisión, sino una auténtica estación de procesamiento. En este nivel, la señal puede amplificarse, inhibirse o integrarse con otra información que llega desde diferentes partes del cuerpo.
Este procesamiento está influido en gran medida por el estado del sistema nervioso.
Cuando el organismo se encuentra en un estado de alerta mantenida (ya sea por estrés, inflamación o sobrecarga funcional) las neuronas se vuelven más excitables.
A este fenómeno se le conoce como facilitación o sensibilización, y hace que el sistema se vuelva más reactivo. En este contexto, estímulos que en condiciones normales serían neutros pueden empezar a percibirse como alarmantes o incluso dolorosos.
El cerebro interpreta, decide… y genera dolor
Desde la médula, la información no llega directamente a la corteza donde se haría consciente la experiencia.
Primero sube hacia estructuras clave como el tronco encefálico y el tálamo, donde se produce una regulación más profunda.
El tronco encefálico actúa como un centro de control primario que se encarga de asegurar la supervivencia del organismo mediante la regulación de funciones automáticas esenciales como la respiración, el ritmo cardíaco, la presión arterial o los reflejos básicos.
Pero además de estas funciones vitales, el tronco encefálico juega un papel clave en cómo se procesa la información sensorial, incluido el dolor.
Si por ejemplo el sistema activa el modo supervivencia, como en un momento de emergencia, el tronco encefálico puede inhibir o bloquear parcialmente la señal para que el dolor no interfiera con la acción.
A su vez, el tálamo funciona como un gran filtro sensorial.
Toda la información que viene del cuerpo pasa por él, y su función es decidir qué información es relevante y cuál no lo es, determinando qué llega a la conciencia.
No todo lo que ocurre en el cuerpo llega a tu percepción, el tálamo prioriza en función del estado del sistema nervioso. En un estado de alerta, puede amplificar ciertas señales y en un estado de regulación puede incluso hacer que pasen desapercibidas.
A partir de ahí, la información se distribuye hacia distintas áreas cerebrales donde se construye la experiencia.
El cerebro no recibe una señal y automáticamente genera dolor. Lo que hace es interpretarla dentro de un contexto.
Para ello, compara esa información con otras muchas variables: experiencias pasadas, memoria del dolor, estado emocional, creencias, expectativas y el contexto en el que se encuentra la persona.
El cerebro busca predecir. Y para ello, evalúa constantemente lo que ocurre y se pregunta: ¿hay amenaza para el organismo?
Si la respuesta es sí, el cerebro genera dolor como una estrategia de protección.
Si la respuesta es no, puede no generarlo, incluso cuando hay un daño estructural del tejido.
Por qué el dolor no es un indicador fiable de lesión
Este punto es clave si eres terapeuta.
Como hemos ido viendo, el dolor no mide el estado del tejido, habla sobre el estado del sistema.
Esto explica por qué podemos encontrar daño sin dolor y dolor sin daño. El síntoma no siempre refleja un problema estructural, sino una interpretación del sistema nervioso en un contexto determinado.
Entender esto implica cambiar el foco de nuestro tratamiento. Ya no se trata únicamente de buscar qué tejido está dañado, sino de comprender qué está interpretando el sistema y por qué está respondiendo de esa manera.
Diferentes tipos de dolor
No todos los tipos dolor tienen el mismo origen. Según el tipo de mecanismo encontramos los diferentes tipos de dolor:
El dolor nociceptivo es el que aparece cuando los receptores detectan un estímulo potencialmente dañino.
El inflamatorio ocurre cuando se producen sustancias químicas que encontramos en un contexto de inflamación que son las que sensibilizan el tejido y los receptores.
El dolor hipóxico aparece cuando el tejido no recibe suficiente oxígeno y genera acumulación de metabolitos que activan los receptores.
También encontramos el dolor por sensibilización central, donde el sistema nervioso amplifica (sobreestima) la señal de forma mantenida, generando una percepción de amenaza constante.
El dolor neuropático, que aparece por una alteración del propio nervio, afectando a la transmisión de la señal.
Y el dolor de origen visceral, al que le dedicaremos un poco más de espacio por estar detrás de gran cantidad de pacientes que vienen a consulta.
El dolor de origen visceral
El dolor de origen visceral es un dolor que no suele ser preciso ni fácil de localizar, ya que muchas veces puede manifestarse lejos del órgano que realmente está causando el problema. Y para poder entenderlo, es fundamental comprender cómo el sistema nervioso procesa la información.
Las vísceras están constantemente enviando información aferente hacia la médula espinal. Esta información avisa de cambios en el estado interno como: distensión, inflamación, alteraciones químicas o sobrecarga funcional del órgano.
El problema es que esta información llega a los mismos segmentos medulares donde también convergen señales procedentes de músculos, piel y articulaciones.
Esta convergencia produce una limitación importante: el sistema nervioso no puede diferenciar con precisión de dónde proviene la señal.
Ante esta ambigüedad, el sistema tiende a interpretar la señal como si proviniera de estructuras más familiares, como el sistema musculoesquelético.
Esto explica por qué una alteración en el hígado puede manifestarse como dolor en el hombro derecho, o una disfunción en el estómago puede reflejarse en el hombro izquierdo.
Cuando esta situación se mantiene en el tiempo, el segmento medular entra en un estado de facilitación, aumentando su excitabilidad.
Como expliqué antes… esto significa que esa parte del sistema nervioso se vuelve más reactiva y amplifica cualquier señal que pase por ahí, incluso estímulos que en condiciones normales no generarían dolor.
Además, esta facilitación no solo afecta a la percepción sensorial, sino también a la respuesta del sistema nervioso autónomo.
Una mayor activación del sistema nervioso simpático debido a la facilitación, produce cambios en el tejido periférico. Se genera vasoconstricción, disminuye el flujo sanguíneo y se altera la microcirculación.
Esto hace que disminuya la oxigenación del tejido y entre en un estado de hipoxia; comprometiendo el metabolismo celular, y favoreciendo la acumulación de sustancias irritantes que sensibilizan los receptores del dolor.
Una nueva mirada: del síntoma al sistema
Todo esto nos lleva a concluir lo siguiente: el dolor no es el problema, es la respuesta; pues es la forma en la que el sistema que intenta proteger al organismo.
Sin embargo, cuando ese sistema no se equilibra y se mantiene activado en el tiempo, el dolor deja de ser útil y se convierte en un problema en sí mismo.
Por eso, el lugar donde aparece el dolor no siempre es el lugar donde está el origen. Es simplemente donde el cuerpo está expresando una adaptación.
Kinesiología holística: el método para trabajar sobre el origen
Desde la perspectiva de la kinesiología holística, el cuerpo no se entiende como una suma de partes aisladas, sino como un sistema integrado donde interactúan diferentes niveles (las 4 esferas): estructural, químico, emocional y energético.
A través del test muscular, podemos identificar qué sistema está alterado y cómo está influyendo en la respuesta global del cuerpo.
Esto nos permite ir más allá del síntoma y trabajar sobre el origen real del desequilibrio, ayudando al sistema a recuperar su capacidad de regulación.
Porque como terapeutas, el verdadero cambio ocurre cuando dejamos de preguntarnos únicamente dónde duele y empezamos a preguntarnos por qué el sistema está generando esa respuesta.
Y es ahí donde pasas de tratar síntomas…
a tratar verdaderamente a la persona.
Es hora de llevar tu terapia y proceso personal al próximo nivel
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Un abrazo
Álvaro.
