Para estar en calma, debes mirar esto de tu cuerpo

Los órganos cambian el estado del cerebro

El cerebro es el gran director de orquesta del cuerpo y dirige lo que debe ejecutar cada órgano. Pero el cerebro no interpreta y decide solo.

La información que tiene el cerebro para decidir se construye a partir de la información que recibe, segundo a segundo, desde el interior del cuerpo.

El corazón, los pulmones, el intestino, el estómago, la fascia, la musculatura, el sistema inmune y la microbiota…. entre otros, están enviando señales constantes al sistema nervioso.

El cerebro recoge esas señales, las compara con experiencias previas, las interpreta y decide si el organismo está en un estado de seguridad, adaptación y reparación, o si necesita activar una respuesta de defensa.

Por eso, para tener una buena emocionalidad, sentirse bien y pensar con claridad… debemos tener en cuenta cómo se encuentra nuestro cuerpo. Principalmente, en eso vamos a centrar este artículo.

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Tabla de contenidos

El cuerpo habla

Cada órgano comunica continuamente su estado al cerebro.

Si el intestino está inflamado, si el corazón late deprisa, si la respiración se vuelve superficial, si los músculos se tensan o si la fascia está rígida… esa información no se queda solo ahí.

Viaja hacia el sistema nervioso y modifica el estado global de la persona. Por eso:

  • una alteración digestiva puede producir ansiedad,
  • una respiración que está bloqueada puede aumentar la sensación de peligro,
  • una inflamación crónica puede quitarnos la claridad mental
  • y un dolor crónico puede mantener al sistema nervioso en vigilancia constante.

Conexión cuerpo-mente

Esta comunicación cuerpo-cerebro ocurre por muchas vías al mismo tiempo.

  • El nervio vagotransmite información desde gran parte de las vísceras hacia el tronco encefálico.
  • Las vías sensitivas viscerales llevan información sobre dolor, presión, distensión, inflamación o movimiento interno.
  • Las hormonas transmiten el estado metabólico y endocrino.
  • Las citoquinas del sistema inmune indican el estado de inflamación, infección o reparación.
  • Los metabolitos de la microbiota influyen sobre el intestino, la barrera intestinal, la inmunidad y el eje intestino-cerebro.
  • La fascia, además, participa como una red continua de conexión mecánica, sensorial y metabólica, capaz de transmitir información entre tejidos, órganos y sistema nervioso.

Por eso no podemos hablar de un cerebro aislado que “manda” sobre el cuerpo. Hablamos de una red integrada en la que el cerebro regula al cuerpo, pero el cuerpo también regula al cerebro.

Por eso no solo debemos preguntamos qué nos ocurre a nivel mental, sino qué está ocurriendo en nuestros órganos, respiración, en nuestro intestino, en la fascia, en la microbiota y en nuestro sistema inmune para que el cerebro interprete que todavía no hay suficiente seguridad.

Interocepción: el lenguaje interno del cuerpo

La interocepción es el proceso mediante el cual el sistema nervioso detecta, interpreta y organiza las señales internas del cuerpo.

Está formada por toda la información que permite al cerebro saber cómo está el organismo: si hay energía suficiente, si hay tensión, si existe inflamación, si el abdomen está relajado, si la respiración es fluida, si el corazón late con flexibilidad, si los músculos están preparados para defenderse o si el sistema puede entrar en descanso y reparación.

La interocepción es el lenguaje interno del cuerpo. Es el idioma por el que el cerebro conoce cómo está el cuerpo y construye estados fisiológicos percibidos: de calma, alerta, amenaza, fatiga, expansión, contracción, conexión, bloqueo o defensa.

Por eso, dos personas pueden vivir una misma situación externa de forma completamente distinta.

Una puede sentirse tranquila y con recursos para afrontarla, mientras que la otra puede sentirse desbordada.

Según cómo esté el cuerpo de esa persona, va a influir en la interpretación del cerebro de la situación. (Si las creencias y patrones de pensamiento predisponen la interpretación de lo que está ocurriendo exteriormente… la interocepción la amplifica o regula)

Por eso diferencia no está solo en la interpretación mental, sino también en el estado corporal desde el que el cerebro interpreta la situación.

Cuando la interocepción está alterada, el cuerpo se vuelve un territorio impredecible. Pequeñas señales internas pueden vivirse como intensas, peligrosas o incontrolables. Esto puede alimentar ansiedad, hipervigilancia, síntomas somáticos, miedo a las sensaciones corporales y dificultad para relajarse.

La ínsula: el mapa interno del organismo

Una estructura clave en este proceso es la ínsula. La ínsula funciona como un gran centro de integración interoceptiva. Recibe información del estado interno del organismo y participa en la construcción de la experiencia subjetiva de “cómo me siento”.

Cuando una persona nota un nudo en el estómago, presión en el pecho, inquietud, calma, expansión, angustia o bienestar, la ínsula está implicada en esa vivencia. Podríamos decir que la ínsula ayuda al cerebro a crear un mapa interno del cuerpo.

Ese mapa interno tiene carga emocional.

Un intestino inflamado, una respiración superficial, un corazón acelerado y una musculatura tensa pueden construir una sensación interna de amenaza y la persona no saber explicar qué le ocurre.

En cambio, una respiración más abierta, una digestión regulada, un ritmo cardíaco flexible pueden favorecer una percepción interna de seguridad.

La seguridad no es solo psicológica, también es fisiológica e interoceptiva.

Por eso, el sistema nervioso no se regula solo con argumentos y explicaciones desde lo cognitivo. Sino que necesita información corporal congruente. +

Necesita sentir, a través de la respiración, la postura, el ritmo cardíaco, la digestión, el tono muscular y la presencia corporal, que el peligro ha pasado. Hay que ayudar al cuerpo a experimentar una nueva señal interna.

La amígdala: el detector de amenaza

La amígdala es una estructura cerebral fundamental para detectar amenaza y preparar respuestas defensivas.

Pero la amígdala no solo responde a amenazas externas, como un ruido fuerte, una mirada desafiante o una situación de peligro.

También puede responder a señales internas. Y si estas señales llegan de forma intensa, repetida o en una persona con historia de estrés, trauma o hipervigilancia, la amígdala puede interpretarlas como peligro.

Cuando la amígdala interpreta peligro, el cuerpo entra en defensa.

Aumenta el tono simpático, se libera adrenalina y noradrenalina, se activa el eje HPA, cambia la respiración, se inhibe la digestión, se tensa la musculatura y el sueño se hace poco profundo… Nos volvemos más vigilantes, más reactivos y menos disponibles para la reparación.

Así se crea un bucle: órgano alterado → señal interna de alarma → amígdala activada → respuesta simpática → peor función orgánica → más señal de alarma.

El cuerpo avisa al cerebro y el cerebro amplifica la alarma del cuerpo. Por eso, muchas veces fracasamos en conseguir salir del estado de alerta simplemente intentando relajarnos.

Debemos trabajar todo el circuito: mente y cuerpo, cuerpo y mente.

Emociones elevadas: una señal corporal de seguridad

Las emociones también son fisiología, no estados abstractos. Una emoción cambia la respiración, el tono de los músculos de la cara, la actividad vagal, el ritmo cardíaco y la forma en que el cerebro interpreta el entorno.

Emociones como gratitud, calma, amor, confianza, compasión, aprecio o conexión pueden ayudar a generar señales internas de seguridad.

Esto no significa negar el síntoma ni caer en un pensamiento positivo superficial. Pero sí supone una ayuda al cuerpo para generar una experiencia sentida de seguridad.

Traer emociones elevadas puede ser tan simple como imaginar y conectar con una sensación real de agradecimiento, visualizar una imagen que nos provoque calma o recordar un lugar en que nos sentimos arropados.

Lo importante de esa imagen es la respuesta corporal que nos produce. El pensamiento puede ser el puente a esa experiencia. Y cuando la emoción elevada se traduce en el cuerpo, se convierte en información interoceptiva reguladora.

La respiración para cambiar el mensaje que llega al cerebro

La respiración es una de las herramientas más directas para modificar la información interoceptiva.

Cuando la respiración es rápida, alta, superficial o torácica, el cerebro puede interpretarla como una señal de activación. Aunque no exista un peligro externo, ese patrón respiratorio se parece al de un organismo preparado para defenderse.

En cambio, una respiración diafragmática, lenta y suave… informa al sistema nervioso de que hay seguridad y puede bajar la guardia.

Un ejercicio práctico puede ser poner  una mano en el pecho y otra en el abdomen, inhalar por la nariz durante cuatro segundos, permitir que el abdomen se expanda suavemente y exhalar durante 8 segundos, sin forzar. Y repetir esto durante 3 o 5 minutos.

La exhalación más larga puede facilitar una mayor modulación parasimpática, la respiración abdominal mejora la percepción corporal y el ritmo constante y lento hace entrar en coherencia al corazón.

Microbiota: del intestino al cerebro

El intestino es uno de los grandes moduladores de la interocepción.

La microbiota produce metabolitos, modula la inmunidad, influye en la barrera intestinal y participa en la comunicación intestino-cerebro.

Cuando la microbiota está equilibrada, la barrera intestinal es más competente y la inflamación está mejor regulada, el cerebro recibe menos señales de amenaza procedentes del intestino. Pero cuando hay disbiosis (desregulación), permeabilidad, y exceso de fermentación, estreñimiento, diarrea o irritación visceral, la carga interoceptiva de amenaza puede aumentar.

Por eso, cuidar el intestino, además de mejorar digestiones, también nos permite cambiar la calidad de la información que el cerebro recibe desde el cuerpo.

En conclusión

Muchas veces el síntoma (tanto físico como interno/emocional) no está solo en la mente ni solo en el cuerpo. Está en la comunicación entre ambos.

órgano alterado → señal interna de alarma → amígdala activada → respuesta simpática → peor función orgánica → más señal de alarma → pensamientos negativos → amplificación de alarma → respuesta simpática → órgano alterado → vuelta a empezar

Cuando cambiamos cómo pensamos, pero también cómo respiramos, cómo nos movemos, cómo sentimos, a qué estímulos nos exponemos y qué emociones nos producen estos estímulos, cómo digerimos… entonces modificamos el bucle.

Y pasamos de una fisiología de amenaza a una de seguridad.

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