En el cuerpo nada funciona de manera completamente aislada.
Los órganos, los músculos, la fascia, el sistema circulatorio y el sistema nervioso intercambian información constantemente.
Por eso, una alteración que comienza en una víscera puede terminar modificando el funcionamiento de tejidos que se encuentran aparentemente alejados.
Esto no significa que cualquier dolor musculoesquelético tenga un origen visceral, pero sí que, cuando tratamos una zona, mejora durante unos días y vuelve a doler, debemos preguntarnos qué otros factores pueden estar manteniendo el síntoma.
El riñón es un buen ejemplo de esta interconexión.
Su estado influye en el agua, los minerales, la presión arterial y el medio químico en el que trabajan las células. Además, cuando existe irritación renal, el órgano envía señales hacia la médula que pueden activar respuestas reflejas y patrones de protección.
Comprender estas relaciones nos permite dejar de mirar el cuerpo como un conjunto de piezas separadas y comenzar a entenderlo como una red. A veces, hasta que no se interviene en el origen… el síntoma no termina de desaparecer. El cuerpo sigue avisando de que hay algo pendiente.
Tabla de contenidos
Primera parte: el riñón, sus alteraciones y cómo intervenir
Los riñones son los órganos encargados de filtrar la sangre continuamente. Separan las sustancias que el organismo necesita conservar de aquellas que deben eliminarse a través de la orina.
Sin embargo, su función va mucho más allá de actuar como un simple filtro.
Regulan la cantidad de agua y sodio, mantienen el equilibrio del potasio, el calcio, el fósforo y el pH, participan en el control de la presión arterial y producen hormonas relacionadas con los glóbulos rojos y la salud ósea.
Cuando este equilibrio se altera, los nervios, los músculos, los vasos sanguíneos y el tejido conjuntivo dejan de trabajar en las mismas condiciones. Por eso una alteración renal puede generar síntomas que no siempre asociamos directamente con el riñón.
Una de estas alteraciones es la hipofunción.
Hipofunción
Aparece cuando el riñón pierde capacidad para filtrar correctamente, eliminar residuos o regular los líquidos. El paciente puede experimentar cansancio, retención de líquidos, hinchazón en piernas y tobillos, cambios en la orina o aumento de la presión arterial.
La intervención debe comenzar identificando qué está disminuyendo la función: deshidratación, hipertensión, glucosa elevada, infección, obstrucción, determinados medicamentos o una enfermedad renal.
Cuando hay retención de líquidos, pueden utilizarse diuréticos para aumentar la eliminación de sodio y agua, siempre eligiéndolos según la presión, la filtración y los niveles de minerales.
Plantas que ayudan a aumentar el flujo urinario
Dentro de la fitoterapia encontramos varias plantas con una acción diurética.
- La cola de caballofavorece la producción de orina y el lavado de las vías urinarias.
- El ortosifónayuda a eliminar agua y facilita el arrastre de arenilla y pequeños cristales.
- La vara de orocombina este efecto diurético con una acción antiinflamatoria sobre las vías urinarias.
- La ortigay las hojas de abedul favorecen la eliminación de líquidos cuando existe sensación de pesadez o retención leve.
- El diente de león, especialmente sus hojas, estimula la diuresis y aporta potasio de manera natural.
Estas plantas aumentan el volumen urinario y facilitan el arrastre de sustancias que se estaban acumulando en los riñones. Deben seleccionarse según la causa de la retención y evitarse cuando existe una enfermedad renal o cardíaca grave que requiera restringir líquidos.
Otro mecanismo frecuente es la inflamación acompañada de estrés oxidativo.
Inflamación acompañada de estrés oxidativo
La hipertensión, la glucosa elevada, el tabaco, las toxinas, ciertos fármacos y la disbiosis (desequilibrio de microorganimos) pueden aumentar la formación de radicales libres y activar procesos inflamatorios.
Este entorno deteriora la pared interna de los vasos, los pequeños vasos renales, y las nefronas, que son las unidades donde se filtra la sangre. Para reducir esta carga debemos comenzar por una alimentación antiinflamatoria, rica en verduras, frutas, grasas saludables, pescado, especias y alimentos sin procesar.
También es necesario cuidar el intestino, regular el metabolismo de la glucosa, controlar la presión, dormir adecuadamente y mantener actividad física.
Según las necesidades de cada persona, podemos apoyarnos en NAC, coenzima Q10, selenio, vitamina E, omega-3, curcumina y polifenoles. Estas sustancias ayudan a reforzar los sistemas antioxidantes, proteger las membranas y las mitocondrias, modular la inflamación y favorecer la salud vascular.
También podemos encontrarnos ante un desequilibrio del agua y los minerales.
Desequilibrio del agua y los minerales
El riñón necesita recibir un volumen de sangre adecuado para realizar su trabajo. Cuando detecta que llega poco volumen o poco cloruro sódico, activa el sistema renina-angiotensina-aldosterona. Esta respuesta permite conservar sodio y agua y mantener la presión arterial.
Es útil ante una pérdida puntual de líquidos, pero puede permanecer activada cuando hay deshidratación, estrés fisiológico o un problema circulatorio. Algunas señales son sed, boca seca, orina concentrada, mareo, calambres, debilidad, pesadez o retención.
En estos casos debemos recuperar la hidratación funcional. Esto no significa beber grandes cantidades de agua sin más, sino aportar agua y minerales en una proporción adecuada para que los líquidos puedan distribuirse correctamente entre la sangre, las células y el espacio extracelular. Podemos combinar agua con frutas, verduras, cremas, sopas, caldos. Cuando ha habido mucha sudoración, ejercicio, vómitos o diarrea, los electrolitos y el agua de mar ayudan a reponer el sodio, el potasio y otros minerales perdidos. Si, por el contrario, predomina la retención, la hipertensión o una función renal reducida, ajustaremos el aporte de líquidos y electrolitos a las necesidades reales de la persona.
Una cuarta alteración es la formación de piedras renales.
Formación de piedras renales
Las piedras aparecen cuando sustancias como el calcio, el oxalato, el ácido úrico, el fosfato o la cistina se concentran demasiado en la orina.
Primero se forman pequeños cristales, después, estos cristales crecen, se unen y terminan formando estructuras más grandes. En este proceso influyen el volumen de orina, el pH, la alimentación, el exceso de sodio o determinadas infecciones.
La primera intervención consiste en aumentar el volumen urinario mediante una hidratación adecuada. Una orina menos concentrada dificulta la cristalización y facilita la eliminación de partículas pequeñas. La alimentación debe adaptarse al tipo de piedra. Por ejemplo, en los cálculos de oxalato cálcico podemos moderar alimentos muy ricos en oxalatos, como espinacas, acelgas, cacao, remolacha, ruibarbo o grandes cantidades de frutos secos.
Como apoyo podemos utilizar rompepiedras y vara de oro.
El rompepiedras, Phyllanthus niruri, ayuda a dificultar que los cristales de oxalato cálcico se unan y formen piedras más grandes. También modifica su estructura, reduce su adhesión a las células de los túbulos renales y favorece la relajación de las vías urinarias, facilitando la eliminación de pequeños cálculos o fragmentos. Rompepiedras ayuda a crear un entorno menos favorable para su crecimiento y facilita su expulsión.
La vara de oro, Solidago virgaurea, actúa principalmente favoreciendo la producción y el flujo de orina. Este aumento del arrastre urinario ayuda a movilizar arenilla y pequeñas partículas, evitando que permanezcan demasiado tiempo concentradas. Sus componentes también funcionan como apoyo antioxidante y antiinflamatorio sobre las vías urinarias.
Segunda parte: cómo el riñón puede afectar a otras zonas del cuerpo
Cuando el riñón se irrita por inflamación, infección, distensión, obstrucción o falta de riego, sus receptores generan una señal de alarma.
Esta información viaja por las vías nerviosas simpáticas y llega principalmente a los segmentos D10-D12 de la médula espinal. Allí converge con señales procedentes de la piel, los músculos y otros tejidos.
Como diferentes estructuras comparten circuitos medulares, el sistema nervioso puede interpretar la información visceral como una molestia localizada en la región lumbar, el abdomen inferior o la ingle. Es lo que conocemos como dolor referido: el origen del estímulo se encuentra en una víscera, pero el dolor se percibe en un territorio corporal distinto pero relacionado.
Si la señal renal se mantiene, estos circuitos medulares pueden reducir su umbral de activación y volverse más reactivos. Este proceso se llama facilitación medular.
El segmento se mantiene en alerta y empieza a responder de forma exagerada ante estímulos que anteriormente no habrían generado una reacción importante.
Como consecuencia, puede mantenerse una activación vegetativa refleja sobre la musculatura lumbar, el cuadrado lumbar, el psoas y la pared abdominal. El cuerpo adopta una postura de protección, limita determinados movimientos y modifica la posición de la pelvis, aunque no exista una lesión muscular primaria en la espalda.
Este patrón puede continuar hacia la pierna y el pie. Cuando la pelvis cambia de posición, también se modifica la extensión de la cadera, la rotación de la pierna y la distribución del peso al caminar. Desde el sistema lumbosacro nace el nervio ciático, que continua en su ramas tibial.
El nervio tibial llega hasta el tobillo y continúa como nervios plantares medial y lateral, responsables de gran parte de la sensibilidad y del control muscular de la planta.
La protección lumbar y pélvica puede aumentar la tensión y la sensibilidad a lo largo de esta cadena, haciendo que un pie cargue más, se apoye de forma diferente y someta a la fascia plantar a un esfuerzo mayor.
A esta respuesta mecánica se suma la activación vegetativa.
Activación Vegetativa
La señal persistente puede mantener activo al sistema simpático, aumentando el tono muscular y modificando la regulación de la microcirculación. Si el tejido recibe menos flujo, drena peor o se encuentra rodeado por edema, su capacidad de recuperación es más limitada.
La fascia es una red formada por fibras, células, agua y matriz extracelular; necesita hidratación, circulación y libertad de deslizamiento para adaptarse a las cargas. Cuando el medio se altera, puede volverse más rígida, sensible y menos tolerante al movimiento.
Por eso una fascitis plantar recurrente no debería valorarse únicamente palpando el talón. Debemos explorar la carga, el calzado, el tobillo, la fuerza del pie, la pelvis, la marcha y el recorrido nervioso… Pero también debemos preguntarnos en qué medio está trabajando esa fascia: cómo se encuentran la hidratación, los minerales, la circulación, la inflamación, el sistema nervioso y la función renal.
Kinesiología Holística
La kinesiología holística permite organizar esta exploración mediante el test muscular funcional y el trabajo de las cuatro esferas: estructural, química, emocional y energética.
No debemos asumir que todo dolor plantar procede del riñón, sino ayudar a identificar qué sistema está actuando como prioridad y qué factores mantienen el síntoma.
Porque tratar el lugar donde duele sigue siendo importante, pero cuando el dolor vuelve una y otra vez, quizá el cuerpo nos está pidiendo ampliar la mirada.
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