Cuando un paciente llega con dolor persistente, rigidez, sensación de pesadez, cansancio o una tensión que vuelve una y otra vez, es fácil centrar toda la atención en la zona donde aparece el síntoma.
Si duele el hombro, trabajamos el hombro.
Si la espalda está contracturada, intentamos relajar la musculatura.
Y, por supuesto, ese trabajo puede ser necesario. Pero ¿qué ocurre cuando liberamos el tejido, el paciente mejora y a los pocos días después vuelve exactamente al mismo patrón?
Quizá no es cuestión de insistir o sea problema de la técnica que hemos utilizado.
Quizá la tensión con la que nos encontramos sea solamente la expresión final de un sistema que continúa recibiendo la misma información y organizándose de la misma forma.
Para comprenderlo necesitamos dejar de ver la fascia como un simple envoltorio y empezar a entenderla como un tejido vivo, sensible y adaptable.
Una red continua que conecta las diferentes partes del cuerpo y que responde al movimiento, al sistema nervioso, a la inflamación, a la hidratación y al contexto emocional de la persona.
Tabla de contenidos
La red que conecta todo el cuerpo
La fascia rodea y atraviesa músculos, huesos, vasos sanguíneos, nervios y órganos.
Está formada por una continuidad de tejido conjuntivo que organiza el cuerpo y permite transmitir fuerzas entre zonas alejadas.
Por eso una limitación en la pelvis puede modificar el apoyo del pie, la respiración puede influir en el cuello y una cicatriz abdominal puede alterar la movilidad de tejidos que aparentemente no tienen relación con ella.
Esta continuidad explica una parte de su importancia, pero no toda.
La fascia también contiene células, terminaciones nerviosas, vasos sanguíneos, fibras de colágeno y elastina, agua y una sustancia fundamental rica en moléculas como el ácido hialurónico.
No simplemente es una tela que envuelve las estructuras sino que es el medio en el que esas estructuras se deslizan, reciben información, intercambian sustancias y se adaptan a las cargas.
Además, la fascia está repleta de terminaciones nerviosas libres y receptores especializados. Esto ayuda a comprender por qué pueden participar en la propiocepción, la percepción interna del cuerpo y el dolor.
Tres redes que funcionan al mismo tiempo
Para comprender la fascia de una manera sencilla podemos imaginar tres redes que se interconectan entre sí y ocupan el mismo espacio: una red fibrosa, una red nerviosa y una red fluida.
Las separamos para estudiarlas, pero dentro del organismo funcionan juntas.
La red fibrosa está formada principalmente por colágeno, elastina y células como los fibroblastos. Aporta resistencia, elasticidad y capacidad para distribuir las fuerzas generadas por la postura, el movimiento y la respiración.
Cuando el tejido conserva una buena capacidad de adaptación, las cargas se reparten. Y cuando pierde deslizamiento o elasticidad, el cuerpo necesita compensar: aumenta el tono muscular, cambia la postura y protege determinados movimientos.
La red nerviosa recoge información sobre la presión, el estiramiento, movimiento y posibles señales de amenaza. Esto significa que cuando tocamos una fascia no actuamos exclusivamente sobre fibras de colágeno sino que también influimos y cambiamos la información que recibe el sistema nervioso.
La red fluida por su parte está formada por la sangre, la linfa y el líquido intersticial. A través de ella llegan el oxígeno, nutrientes, hormonas y señales inmunitarias, y se eliminan metabolitos y sustancias de desecho.
Para que este intercambio se produzca correctamente, el tejido necesita movimiento, hidratación, diferencias de presión y libertad de deslizamiento.
Una alteración en cualquiera de estas redes acaba influyendo en las otras.
Si el tejido se vuelve rígido, puede dificultar la microcirculación y aumentar la sensibilidad.
Si hay inflamación, cambia el entorno químico de la matriz y el tejido puede volverse más reactivo y doloroso.
Si el sistema nervioso percibe amenaza, aumenta el tono muscular, modifica la respiración y reduce el movimiento.
Así aparece un círculo en el que rigidez, dolor, protección y acumulación de sustancias se mantienen entre sí.
La fascia refleja el mundo emocional
La fascia no guarda emociones como si fuera un almacén. Pero si es capaz de organizarse según las experiencias y aprender patrones de protección.
Cada emoción modifica temporalmente la respiración, el tono muscular, la postura, y la actividad del sistema nervioso autónomo.
La experiencia emocional adopta entonces una forma corporal.
Ante el miedo, por ejemplo, podemos aguantar la respiración, tensar el diafragma, o activar el psoas para prepararnos para protegernos o escapar.
Si esa respuesta se repite durante mucho tiempo, el organismo aprende ese patrón y empieza a considerarlo su nueva manera de funcionar, su nueva normalidad.
Y así, el sistema nervioso continúa organizando al cuerpo desde una antigua estrategia de protección.
Por eso algunos pacientes suspiran, bostezan, tiemblan o se emocionan cuando trabajamos manualmente su fascia. El tacto y la presión mecánica sobre la fascia pueden cambiar el patrón de protección, aportar más seguridad y transformar la manera en la que el sistema nervioso percibe el estado del cuerpo.
La bioquímica también moldea el tejido
Esta es una de las razones por las que hay tensiones que regresan una y otra vez.
La fascia vive dentro de un entorno químico, y ese entorno cambia con la inflamación, el estrés mantenido, el descanso, la glucosa, el estado hormonal, la nutrición y la hidratación.
Cuando hay inflamación, los mediadores inmunitarios pueden sensibilizar las terminaciones nerviosas y modificar la actividad de los fibroblastos y la matriz extracelular.
Cuando el sistema permanece en alerta, también cambian la respiración, la circulación y el tono muscular. Y así, el tejido puede dejar de recibir movimiento y recambio químico, acumulándose metabolitos inflamatorios y de desecho.
Beber agua también es importante. El ácido hialurónico tiene un papel importante en el deslizamiento entre capas fasciales. Cuando aumenta su concentración o cambia su organización, el tejido puede volverse más viscoso y baja la lubricación entre tejidos.
Por eso beber agua es importante, pero no resume toda la hidratación fascial. El movimiento, la respiración, la circulación, la actividad muscular y la composición de la matriz determinan cómo se distribuyen los líquidos en el tejido.
Pero la hidratación de por sí sola no es suficiente. Una persona puede beber suficiente agua y, aun así, tener poca movilidad, inflamación o un entorno metabólico que dificulte el intercambio y la renovación de la química en la fascia.
La relación es bidireccional
La bioquímica modifica la fascia, pero la mecánica del tejido también influye en el entorno celular.
Una matriz demasiado rígida no transmite la misma información que una matriz adaptable. La tensión y rigidez puede modificar la actividad de los fibroblastos, la reparación y la respuesta inflamatoria.
Por otro lado el movimiento, el deslizamiento fascial y la actividad muscular favorecen la circulación local, el retorno venoso, el intercambio intersticial y el drenaje linfático.
El trabajo mecánico ayuda a cambiar el entorno químico.
Pero de nuevo, no lo es todo.
Trabajar el tejido puede mejorar una parte del terreno, pero si sigue habiendo inflamación intestinal, estrés, falta de descanso o la desregulación metabólica, o un patrón emocional de protección… la tensión y el dolor pueden volver a aparecer.
Ahí está una de las claves: no tratar la fascia como una cosa u otra, sino como un punto de unión entre lo mecánico, lo nervioso y lo químico.
¿Y la dimensión energética?
Dentro de la mirada holística también contemplamos una esfera energética.
El colágeno tiene propiedades piezoeléctricas: lo que significa que puede generar pequeñas cargas eléctricas al deformarse físicamente.
Así es cómo los tejidos pueden convertir fuerzas físicas en señales biológicas. Y conducir información de un lado a otro del cuerpo en nanosegundos. Los meridianos de la Medicina Tradicional China describirían estos recorridos mediante los que distintas estructuras del cuerpo comparten vías de comunicación energética afectándose entre sí y alterándose cuando aparecen bloqueos en estas vías energéticas de información.
Trabajar la fascia desde la Kinesiología Holística
La gran dificultad del terapeuta no es saber si una fascia está tensa y necesita trabajarse.
La dificultad es comprender por qué está tensa y qué necesita el organismo para poder liberarla y volverla funcional.
Mediante el test muscular y el Arm Reflex podemos explorar qué estímulos generan una respuesta de estrés y qué esfera parece tener prioridad en ese momento.
Tal vez el cuerpo necesite primero una intervención estructural sobre una articulación o una cadena fascial.
Tal vez la prioridad se encuentre en la regulación nerviosa, en la respiración o en un patrón emocional.
En otros casos será necesario atender el terreno químico: digestión, inflamación, hidratación, minerales, descanso o carga metabólica.
La Kinesiología Holística nos ayuda a ordenar preguntas, identificar prioridades y obtener el tratamiento y técnica que el cuerpo del paciente nos pide en ese momento.
La fascia no es siempre el origen del problema, pero muchas veces es el lugar donde diferentes desequilibrios terminan encontrándose y expresándose.
Comprenderla de esta manera cambia nuestra intervención: dejamos de perseguir únicamente el lugar que duele y empezamos a preguntarnos qué está obligando al cuerpo a mantenerlo.
Masterclass Gratuita 18 de Octubre
Si te resuena esta forma de entender el síntoma y abordarlo, quiero invitarte a la masterclass gratuita que haré el 18 de octubre sobre kinesiología holística.
Cuando comprendemos que detrás de un síntoma pueden participar al mismo tiempo la estructura, el sistema nervioso, la circulación y el estado interno, aparece una nueva dificultad: que es saber por dónde empezar.
En la masterclass te explicaré cómo utilizamos el Arm Reflex para escuchar la respuesta del cuerpo, identificar qué esfera tiene prioridad y ordenar el tratamiento.
Te explicaré de qué forma puedes acompañar con mayor claridad, integrar diferentes herramientas y dejar de tratar únicamente el lugar donde aparece el dolor. Ir al origen y saber cómo tratarlo.
AQUÍ tienes el enlace a la Masterclass, donde además te compartiré un ebook: Fascia y emociones: Cómo el cuerpo recuerda lo que la mente calla.
