Entender el sistema nervioso para tratar más allá del síntoma

Últimamente se ha puesto de moda trabajar el sistema nervioso y hablar de “regularlo”.

Como terapeutas holísticos sabemos que el sistema nervioso es uno de los grandes pilares para comprender la fisiología del paciente y, muchas veces, también el origen de un síntoma.

Por eso, en este artículo quiero profundizar en cómo se estructura y cómo funciona realmente el sistema nervioso, para que podamos comprenderlo más allá de conceptos como simpático, parasimpático, desregulación o regulación.

Porque el sistema nervioso es mucho más que un simple interruptor entre activación y relajación: es una enorme red de comunicación que recibe información del cuerpo y del entorno, la interpreta y organiza una respuesta.

Gracias a él podemos movernos, sentir dolor, mantener el equilibrio, regular la respiración, adaptar el ritmo cardiaco, digerir, aprender, recordar, emocionarnos y responder ante lo que ocurre.

Y esto es especialmente importante en consulta. Cuando un paciente llega con dolor persistente, rigidez, respiración superficial, problemas digestivos, hipervigilancia o tensión muscular, quizá no estemos viendo síntomas que funcionan por separado.

Podemos estar observando distintas expresiones de una misma respuesta que está organizada por el sistema nervioso.

Tabla de contenidos

El sistema nervioso: percibir, integrar y responder

Podemos resumir su funcionamiento en tres grandes acciones: percibir, integrar y responder.

El sistema nervioso se encuentra analizando las millones de señales que llegan desde el exterior y desde el propio cuerpo.

A través de las terminaciones nerviosas que se encuentran en la piel, músculos, articulaciones, pulmones, corazón, intestino y otras vísceras y estructuras… detectamos estímulos como la temperatura, presión, nuestra ubicación en el espacio y todo lo que ocurre tanto en el exterior como en nuestro territorio interno.

La mayoría de esta información nunca llega a la conciencia.

Mientras lees estas líneas, tu sistema nervioso está regulando la postura, la respiración, la presión arterial, la actividad digestiva y el tono muscular sin que tengas que pensar en ello.

Su función es permitir que el organismo trabaje como una única unidad integrada, seleccionando qué señales son importantes y organizando respuestas adaptadas a cada momento.

Para comprender su estructura, podemos dividirlo en dos grandes partes: el sistema nervioso central y el sistema nervioso periférico.

El primero está formado por el encéfalo (el cerebro que conocemos) y la médula espinal y actúa como el gran centro de integración del organismo.

El segundo está formado por los nervios que conectan ese centro con la piel, los músculos, las articulaciones, los órganos, los vasos y las glándulas.

La comunicación no ocurre únicamente desde el cerebro hacia el cuerpo; también existe un flujo constante desde el cuerpo hacia el cerebro, siendo imprescindible esta comunicación continua en ambos sentidos para la regulación y la buena adaptación hacia aquello que necesitamos.

El sistema nervioso central: donde la información adquiere significado

El sistema nervioso central recibe información que procede de prácticamente todo el organismo, pero no se limita a registrarla.

La interpreta, la compara con el contexto, con el estado interno y con experiencias anteriores, y a partir de ahí organiza una respuesta.

Esta idea es fundamental como terapeutas, porque explica por qué dos pacientes pueden recibir estímulos parecidos y responder de una forma completamente diferente. El tejido puede ser similar, pero la interpretación que hace el sistema nervioso no tiene por qué serlo.

Dentro del encéfalo podemos hacer una diferenciación entre el cerebro “reptiliano”, sistema límbico y neocórtex. No son tres cerebros independientes, pero si funcionan como diferentes niveles y redes que trabajan conjuntamente.

Las estructuras más profundas, como el tronco encefálico, conforman el cerebro reptiliano y participan en procesos automáticos relacionados con la supervivencia, la respiración, la frecuencia cardiaca, presión arterial, sueño, vigilia, postura y reflejos.

Si pierdes el equilibrio, por ejemplo, tu cuerpo no espera a que decidas conscientemente qué músculos tienes que activar. Es una acción relacionada con la supervivencia y funciones básicas y por tanto, una función también automática.

El sistema límbico es la parte del cerebro encargada de añadir una dimensión emocional. Este sistema está formado por la amígdala que participa especialmente en la detección y aprendizaje de amenazas, el hipocampo que ayuda a contextualizar las experiencias accediendo a recuerdos, y el hipotálamo que transforma estas interpretaciones con cambios fisiológicos reales.

El neocórtex, en cambio, está relacionado con la percepción consciente, el lenguaje, la planificación, el razonamiento y la toma de decisiones.

Nos permite reinterpretar lo que ocurre y darle un significado diferente.

La médula espinal: la gran coordinadora.

La médula conecta cerebro y cuerpo, pero también integra información y organiza respuestas.

Si tocas algo muy caliente, la información sensorial llega a la médula y puede generar un reflejo, como retirar la mano, antes de que hayas construido conscientemente la experiencia de dolor.

Esto significa que muchas respuestas corporales no son decisiones conscientes. Una contracción, una inflamación o un aumento del tono muscular pueden formar parte de una estrategia automática de protección.

En vez de pensar únicamente “¿cómo hago para relajar este músculo?”, podemos preguntarnos “¿por qué sistema nervioso necesitaría mantenerlo tenso?”.

A veces la tensión no es simplemente el problema, sino la respuesta que el organismo está utilizando para dar estabilidad, protección o control.

Sistema nervioso periférico: la conexión entre cerebro y cuerpo

El sistema nervioso periférico está formado por los nervios que conectan encéfalo y médula con músculos, piel, articulaciones, órganos, vasos y glándulas.

Gracias a él existe una comunicación constante en ambas direcciones. Las señales que viajan desde el cuerpo hacia el sistema nervioso central se llaman aferentes, mientras que las señales que salen desde el sistema nervioso hacia los tejidos son eferentes.

Por tanto, el funcionamiento no es simplemente “cerebro → cuerpo”, sino un circuito continuo: cuerpo → cerebro → respuesta → cuerpo → nueva información.

Esa nueva respuesta genera nuevas sensaciones, y esas sensaciones vuelven a ser integradas.

Dentro del sistema nervioso periférico podemos diferenciar principalmente el sistema somático y el sistema autónomo.

Sistema somático

El sistema somático es que nos permite sentir el cuerpo y moverlo.

Cuando levantas un brazo, salen órdenes motoras hacia los músculos, pero mientras el brazo se mueve, los receptores musculares y articulares están enviando información de vuelta para indicar cuánto se ha movido, qué tensión existe y si el movimiento está consiguiendo el objetivo deseado. Por eso el movimiento es siempre un circuito de sensación, integración, movimiento, nueva sensación y reajuste.

Esto es especialmente importante cuando realizamos terapia manual.

Cuando movilizas una articulación, presionas un tejido o cambias una postura, no estás actuando solamente sobre la mecánica. También estás cambiando la información sensorial que llega al sistema nervioso.

Esa nueva información puede cambiar después el tono muscular, el movimiento y la percepción del propio tejido.

Sistema autónomo: regular el medio interno

El sistema nervioso autónomo regula funciones que no necesitamos dirigir conscientemente, como el ritmo cardiaco, la presión arterial, el diámetro vascular, la sudoración, o la digestión. Dentro de él encontramos principalmente el sistema simpático y el parasimpático.

El simpático es le que moviliza recursos. Puede aumentar la frecuencia cardiaca, modificar la circulación, favorecer la sudoración y preparar al organismo para responder.

Pero activación simpática no significa automáticamente desregulación.

Necesitamos el simpático para hacer ejercicio, concentrarnos, mantener la presión arterial al levantarnos o responder rápidamente ante una demanda.

El problema aparece cuando esa activación es excesiva, se mantiene demasiado tiempo o aparece de forma desproporcionada a la necesidad.

El parasimpático sin embargo, favorece los procesos relacionados con la digestión, el descanso y la reparación.

Una de sus vías principales es el nervio vago, que comunica el tronco encefálico con el corazón, los pulmones y gran parte del aparato digestivo.

Pero tampoco equivale simplemente a “relajación”. Simpático y parasimpático no son enemigos; ambos mantienen la actividad basal y se coordinan constantemente según las necesidades del organismo.

Entonces, ¿qué significa realmente regular el sistema nervioso?

Regular el sistema nervioso no significa conseguir que el paciente esté siempre relajado, ni apagar el simpático, ni mantener permanentemente activo el parasimpático.

Un organismo sano necesita poder activarse cuando existe una demanda, por ejemplo: aumentando el ritmo cardiaco para correr o aumentar la atención ante un posible peligro.

Pero también un organismo sano también reconoce cuándo esa demanda ha terminado y sabe regresar después a funciones de recuperación, digestión, reparación y descanso.

Por eso la regulación tiene mucho más que ver con flexibilidad adaptativa que con calma.

Un sistema regulado no es un sistema permanentemente tranquilo, sino un sistema capaz de cambiar de estrategia cuando cambia el contexto.

Puede activarse cuando hace falta, mantener esa activación el tiempo necesario y disminuirla después cuando deja de ser útil.

Qué cambia esto para ti como terapeuta

Cuando entendemos el sistema nervioso desde esta perspectiva, el síntoma deja de ser solamente algo que debemos eliminar.

El sistema nervioso a recibido información, la ha interpretado y ha considerado que esa era la mejor manera para adaptarse. Por ejemplo, contraer una zona proteger y anticipar peligro, alterar la digestión como estrategia para redistribuir prioridades o una respiración siperficial asociada a un estado de vigilancia. El cuerpo nos habla constantemente.

En lugar de preguntarnos solamente cómo eliminar una respuesta, podemos empezar a preguntarnos qué función intenta cumplir, qué información está recibiendo el organismo y qué necesitaría experimentar para poder responder de otra manera.

El contacto, el movimiento, la respiración, la voz, el ritmo de la sesión y la sensación de control se convierten en nueva información para el sistema.

No se trata simplemente de “activar el vago” o “bajar el simpático”.

Se trata de ayudar al organismo a recuperar más posibilidades de respuesta.

Que pueda activarse cuando lo necesita, protegerse cuando existe una amenaza y dejar de mantener esa protección cuando ya no resulta necesaria.

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Nos vemos en el próximo artículo

Álvaro

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