Hoy vas a encontrar claridad con esos casos en los que los pacientes llegan a consulta y te dicen que sienten mucha rigidez, cansancio, inflamación, pesadez o dolor general y difuso.
A veces sienten que su cuerpo no se recupera bien, que cualquier comida les sienta mal o que están siempre ansiosos, de mal humor, con falta de concentración o como si estuvieran siempre en alerta.
Es lógico pensar primero que puede ser consecuencia del estrés, falta de sueño o una peor alimentación.
Sin embargo, en algunos casos todos estos síntomas están justificados cuando ponemos la mirada en el tubo digestivo y averiguamos cómo está su entorno intestinal.
El intestino es uno de los grandes epicentros de la salud, ya que aquí se conectan la nutrición, la inmunidad, la inflamación, la producción de metabolitos y la comunicación con el sistema nervioso.
Cuando ese entorno se altera, sus efectos pueden sentirse mucho más allá del abdomen. Y lo que era un evento intestinal se puede convertir en un fenómeno sistémico que se manifiesta con gran variedad de síntomas.
Tabla de contenidos
La importancia del tubo digestivo
El aparato digestivo funciona como un ecosistema. En él conviven bacterias, hongos, virus y otros microorganismos que interactúan con la mucosa, el sistema inmunitario y los alimentos que consumimos.
Cuando existe un equilibrio, estos organismos ocupan su espacio, compiten entre ellos y participan en el mantenimiento del entorno intestinal.
El problema aparece cuando cambian las condiciones: disminuyen el ácido y enzimas digestivas, se altera el tránsito, tenemos una infección, se acumulan toxinas, aumenta la inflamación o la barrera pierde integridad y se vuelve permeable.
Entonces algunos microorganismos pueden encontrar una oportunidad para crecer más de lo conveniente.
Esto nos ayuda a comprender por qué no basta con identificar “un bicho” como el culpable de los síntomas.
La presencia de un microorganismo no siempre significa que sea el causante del problema. Debemos valorar su sobrecrecimiento, cómo se relaciona con el huésped y, sobre todo, el terreno en el que está creciendo.
En lugar de preguntarnos que bicho tiene nuestro paciente, deberíamos hacernos una pregunta derivada de un enfoque más holístico: ¿qué ha cambiado en este intestino para que un organismo que estaba controlado haya empezado a ocupar demasiado espacio?
Cándida: de habitante habitual a organismo oportunista
Las especies de Candida pueden formar parte de las comunidades microbianas del organismo sin provocar enfermedad. Encontrarlas no significa automáticamente que nuestro paciente tenga candidiasis.
Sin embargo, determinados factores (como el uso de antibióticos, la alteración inmunitaria o los cambios en la diversidad de la microbiota) pueden favorecer su proliferación.
Una característica importante de Candida albicans es su capacidad para cambiar de forma.
Puede crecer como levadura, con células redondeadas, o desarrollar estructuras alargadas llamadas hifas. Esta simple transformación tiene una gran implicación: modifica la manera en que el hongo puede relacionarse con los tejidos.
Las hifas tienen capacidad para adherirse, penetrar con mayor facilidad y producir candidalisina, un péptido capaz de dañar las membranas epiteliales y activar al sistema inmunitario. De forma resumida, las hifas de la cándida dañan la barrera intestinal y favorecen la inflamación.
Azúcar, fermentación y neuroinflamación
Candida utiliza principalmente la glucosa y otros carbohidratos como fuente de energía. Una alimentación alta en azúcares y productos ultraprocesados ayuda a crear el entorno metabólico favorable para el crecimiento de la cándida. Pero el azúcar por sí solo no es malo. Tenemos que mirar el metabolismo de la glucosa y la digestión de los carbohidratos en su conjunto.
Candida utiliza esos azúcares para transformarlos en sustancias como etanol y acetaldehído, 2 sustancias tóxicas que dañan la mucosa. Y al mismo tiempo, la irritación de la mucosa y la activación inmunitaria pueden modificar la comunicación del eje intestino-cerebro.
Las señales inflamatorias, los metabolitos microbianos y la información que viaja por vías nerviosas y por la sangre pueden llegar al cerebro e producir neuroinflamación: influyendo sobre la energía, el sueño, la concentración y el estado de ánimo.
Este es el mecanismo por el que encontramos que muchos pacientes con candidiasis también tienen niebla mental, irritabilidad, cansancio después de comer o mucha apetencia por dulces.
Cuando se altera la barrera intestinal
Si la mucosa permanece irritada, la uniones estrechas entre las células que conforman la barrera intestinal pueden abrirse. Esto aumenta el contacto del sistema inmunitario con pequeños fragmentos de bacterias, restos de alimentos alimentos sin digerir y otras toxinas.
Como consecuencia, se puede dar una respuesta inflamatoria que ya no se limita al aparato digestivo. Aparecen hinchazón, dolor, alteraciones del tránsito o intolerancias; pero también pueden aumentar la fatiga, la sensibilidad corporal y la dificultad para recuperarse.
Aquí podemos empezar a relacionar intestino y con rigidez del tejido. La inflamación, la sensibilización nerviosa, la peor disponibilidad de nutrientes y el estado de alerta del sistema nerivoso autónomo modifican el entorno en el que se encuentran los músculos y el tejido conjuntivo. Por eso ante rigidez e inflamación generalizada, el intestino será uno de los pilares a revisar.
¿Qué son los parásitos?
Al hablar de parásitos solemos imaginar grandes gusanos intestinales, pero existen grupos muy diferentes.
Entre los helmintos encontramos los oxiuros, áscaris, anquilostomas y tenias. Los protozoos son microscópicos y entre ellos se encuentran organismos como la Giardia.
Cada uno tiene una vía de transmisión, un ciclo y un tratamiento específico. Por eso en ocasiones, será importante determinar que tipo de parasitosis tiene el paciente.
Algunos parásitos se adhieren a la mucosa, alteran el tránsito o se comen los minerales y evitan que los absorbamos. Giardia, por ejemplo, puede producir diarrea, gases, distensión y problemas de absorción. Otros helmintos pueden producir dolor abdominal, debilidad, pérdida de nutrientes o anemia.
Los efectos tampoco se quedan necesariamente en el intestino. Hay parásitos que pueden llegar a otros órganos y su presencia en el organismo produce irritación, activación inmune y activación del sistema nervioso. Por eso pueden esconderse detrás de muchos síntomas difusos. El paciente no sabrá que tenga parásitos pero te podrá decir que está cansado, que sus digestiones han cambiado, que no se recupera o que lleva meses probando dietas sin realmente encontrarse bien.
Tratar el sobrecrecimiento y reconstruir el terreno
Cuando hemos diagnosticado una parasitosis o candidiasis podremos tratarlos con antifúngicos o antiparasitarios. Como apoyos o tratamiento a base de hierbas podremos usar ácido caprílico (aceite de coco), berberina, ajo, clavo, nogal negro, ajenjo o aceite de orégano.
Además de eliminar microorganismos, será muy importante acompañar el proceso, antes y durante, con el uso de binders: que son moléculas que ayudan a atrapar las toxinas que se encotraban almacenadas dentro de los parásitos y que pueden intoxicarnos y crear grandes reacciones toxicas ni no se arrastran y eliminan del cuerpo.
Algunos de estos binders con carbón activado, zeolita, bentonita, pectina modificada…
Pero sobretodo, lo que tenemos que tener en cuenta en un tratamiento integral es que el organismo no ha sobrecrecido porque sí, hay un entorno (a lo que llamamos terreno) que está debilitado y que ha favorecido su crecimiento.
Por eso, parte de la estrategia requerirá incluir la reparación de la mucosa, fortalecer la barrera, recuperar la diversidad microbiana, asegurar el buen funcionamiento del sistema digestivo y la regulación del tránsito.
También debemos corregir déficits nutricionales, evaluar la exposición a tóxicos o metales, revisar la alimentación, modular la inflamación y acompañar al sistema nervioso.
El gran problema: saber por dónde empezar
En la práctica, podemos conocer un montón de suplementos para detoxificar, desparasitar, desinflamar… Pero lo realmente difícil es decidir qué necesita primero la persona que tenemos delante.
¿Reducimos directamente el sobrecrecimiento? ¿Reparamos antes la mucosa? ¿Mejoramos el tránsito? ¿Apoyamos la función digestiva? ¿Regulamos el sistema nervioso para que el intestino recupere la motilidad y la secreción? El orden puede determinar que una intervención sea tolerable o que aumente los síntomas.
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