Hay pacientes que llegan a consulta con un dolor fácil de localizar. Pero también encontramos personas con rigidez general, cansancio, inflamación, sensación de pesadez o molestias que cambian de lugar.
Son los casos en los que tratamos la zona dolorosa, mejora durante unos días y después el problema vuelve.
Entonces conviene preguntarnos algo diferente: ¿y si el problema no estuviera solamente en la estructura que duele, sino también en el entorno en el que esa estructura intenta funcionar?
Una célula puede estar aparentemente sana y, aun así, trabajar con dificultad. Puede encontrarse rodeada por un tejido deshidratado, inflamado, congestionado o sometido a una tensión constante.
Es parecido a lo que ocurre con una planta: no basta con que la semilla esté en buen estado. También necesita una tierra adecuada, agua, oxígeno y unas condiciones que le permitan crecer.
Nuestras células también necesitan un buen terreno. Ese terreno está formado por el tejido conjuntivo, la matriz extracelular y los líquidos que circulan entre las células.
La fascia participa en la organización de todo ese medio.
Por eso no es simplemente una capa que envuelve músculos y órganos. Es una red continua que conecta estructuras, transmite fuerzas, contiene terminaciones nerviosas y crea el espacio donde se producen muchos intercambios.
Comprender esta idea cambia nuestra forma de observar el síntoma. Dejamos de preguntar únicamente qué está dañado y empezamos a investigar en qué condiciones está viviendo ese elemento.
Tabla de contenidos
El espacio que existe entre la sangre y las células
Hay un modelo conocido como sistema básico de Pischinger que centra la atención en 3 elementos que trabajan muy cerca: el capilar, la matriz extracelular y la célula.
Entre un vaso sanguíneo y una célula no hay un espacio vacío. Existe un medio formado por agua, fibras, proteínas, minerales, células del tejido conjuntivo, terminaciones nerviosas y componentes del sistema inmunitario.
Todo lo que llega a la célula debe atravesar este terreno. El oxígeno, los nutrientes y las hormonas salen de los pequeños vasos sanguíneos, cruzan su pared y después recorren el espacio intersticial hasta llegar a las células.
Lo mismo sucede en dirección contraria: el dióxido de carbono y los residuos producidos por la actividad celular deben atravesar la matriz para ser recogidos por la sangre o por el sistema linfático.
La matriz extracelular funciona, por tanto, como una zona de intercambio. Cuando está bien hidratada, tiene movilidad y recibe una circulación adecuada, las sustancias pueden desplazarse con mayor facilidad. Pero cuando el tejido está rígido, inflamado o congestionado, este intercambio puede volverse menos eficiente.
La célula intenta adaptarse a esas condiciones. Puede cambiar su metabolismo, reducir algunas funciones o entrar en un estado de mayor protección. Y así, reorganiza sus recursos para sobrevivir.
Sin embargo, si esa adaptación se mantiene durante demasiado tiempo, puede aparecer dolor, fatiga, sensibilidad o una recuperación más lenta.
Una sola fascia formada por tres redes
Para comprender mejor la fascia podemos imaginar tres redes que comparten el mismo territorio: una red fibrosa, una red nerviosa y una red fluida. Funcionan como tres dimensiones de un mismo sistema que se relacionan constantemente.
La red fibrosa sostiene y distribuye las fuerzas. La red nerviosa detecta lo que ocurre y envía información al sistema nervioso. La red fluida lleva oxígeno y nutrientes, recoge residuos y permite que las células se comuniquen mediante sustancias químicas.
Separarlas nos ayuda a estudiarlas, pero en el cuerpo siempre actúan juntas.
Una tensión en las fibras puede comprimir pequeños vasos y activar terminaciones nerviosas. Una respuesta nerviosa de protección puede aumentar el tono muscular y reducir el movimiento. Y cuando nos movemos menos, también disminuye el impulso que ayuda a circular la sangre y la linfa.
Por eso una alteración que comienza en una red termina influyendo en las otras dos.
La red fibrosa: la arquitectura del cuerpo
La red fibrosa está formada principalmente por colágeno, elastina, sustancia fundamental y células como los fibroblastos. Su función es sostener, conectar y distribuir las tensiones que aparecen con el movimiento, la postura y la respiración.
Cuando caminamos, levantamos un brazo o giramos la cabeza, la fuerza se transmite por diferentes tejidos. Una fascia adaptable recibe esa tensión, la distribuye y recupera después su forma.
Necesita combinar firmeza y elasticidad. Tiene que sostenernos, pero también permitir que las capas se deslicen y que el cuerpo pueda cambiar de posición sin acumular demasiada carga en un punto.
Cuando aparecen la rigidez, adherencias o pérdida de deslizamiento, las fuerzas comienzan a repartirse peor.
La tensión física también influye en las células. Los fibroblastos están conectados con la matriz y pueden percibir si el tejido está siendo estirado o comprimido. Esa información mecánica se transforma en una respuesta celular, un proceso denominado mecanotransducción.
Cuando la tensión se mantiene, algunos fibroblastos pueden aumentar su actividad contráctil y ayudar a consolidar la rigidez. Se forma así un círculo: el tejido está tenso, las células reciben señales de tensión y responden generando todavía más contracción.
La red nerviosa: la fascia siente y transmite
La fascia contiene numerosas terminaciones nerviosas y receptores que detectan presión, estiramiento, vibración y cambios en el estado del tejido. Gracias a ellos, el sistema nervioso recibe información constante sobre lo que está ocurriendo en el cuerpo.
Si una zona está sobrecargada, inflamada o pierde movilidad, estas terminaciones pueden enviar más señales. El sistema nervioso interpreta que existe una posible amenaza y organiza una respuesta de protección. Puede aumentar el tono muscular, reducir el movimiento o hacer que prestemos más atención a la zona.
En un primer momento esta respuesta es útil. Si nos hacemos daño en un tobillo, tiene sentido que el cuerpo limite el apoyo durante un tiempo. El problema aparece cuando la protección continúa después de que la amenaza inicial ha disminuido.
El sistema nervioso puede acostumbrarse a vigilar esa zona y responder de forma exagerada ante movimientos que antes eran normales. El tejido se vuelve más sensible y el dolor deja de depender solamente de una lesión local. También depende de cómo el sistema nervioso interpreta lo que ocurre.
Esta relación funciona en las dos direcciones. La fascia envía información al sistema nervioso, pero el estado nervioso también modifica la fascia. Cuando vivimos con estrés constante, podemos respirar de forma más superficial, mantener más tensión muscular y movernos con menos variedad. La activación simpática también influye en el tono de los vasos sanguíneos y en la capacidad de recuperación.
Por eso el estrés emocional no se queda solamente en la mente. Cambia la respiración, el movimiento, la postura, la circulación y el tono muscular. Todo ello modifica las condiciones en las que trabaja la fascia.
Puede formarse entonces otro círculo: el tejido tenso envía señales de amenaza, el sistema nervioso aumenta la protección y esa protección mantiene todavía más tensión en el tejido.
La red fluida: nutrición, limpieza y comunicación
La red fluida está formada por la sangre, la linfa y el líquido intersticial. Su función es llevar oxígeno, nutrientes, hormonas y células inmunitarias, además de recoger los productos que las células ya no necesitan.
El movimiento de estos líquidos dependen en gran parte del movimiento corporal, la respiración, las contracciones musculares y los cambios de presión. Cada vez que caminamos, o respiramos profundamente, ayudamos al desplazamiento de los fluidos.
Una fascia hidratada con una buena capacidad de deslizamiento permite que estos intercambios se produzcan correctamente. Pero cuando el tejido se vuelve rígido o aumenta la presión en un punto, algunos vasos pequeños pueden comprimirse.
Esto puede favorecer la sensación de pesadez, el edema y la acumulación de moléculas inflamatorias. Y así mismo, ese entorno químico puede irritar las terminaciones nerviosas que envian a los fibroblastos (células contráctiles) nuevas señales de rigidez.
Pero el síntoma también puede comenzar en esta red o dimensión. Una inflamación persistente, una circulación deficiente o determinados cambios metabólicos pueden alterar la composición y la viscosidad del medio extracelular. Como consecuencia, el tejido pierde movilidad y se vuelve más sensible.
La mecánica afecta a la química, y la química también afecta a la mecánica.
Cuando las tres redes entran en un círculo vicioso
- Imaginemos que una zona comienza a recibir demasiada carga.
- La red fibrosa aumenta su tensión y pierde parte de su deslizamiento.
- Esa presión afecta a pequeños vasos y activa las terminaciones nerviosas.
- El sistema nervioso responde protegiendo la zona. Aumenta el tono muscular y limita el movimiento.
- Pero al movernos menos, también disminuye el impulso que favorece la circulación sanguínea y linfática.
- El entorno comienza a congestionarse.
- Algunas sustancias inflamatorias permanecen durante más tiempo en el tejido y sensibilizan todavía más las terminaciones nerviosas.
- Los fibroblastos reciben señales que pueden aumentar la contracción de las fibras.
- La zona se vuelve más rígida y el ciclo vuelve a comenzar.
Este proceso puede empezar por muchos lugares. No siempre empieza con una lesión mecánica. Puede iniciarse por una inflamación, una etapa prolongada de estrés, una respiración superficial, una cirugía, una cicatriz o una disminución del movimiento.
El resultado puede parecerse o ser el mismo, mientras que realmente el origen sea diferente.
Por eso dos pacientes con dolor en el hombro no necesitan necesariamente el mismo tratamiento. Uno puede tener como prioridad recuperar la movilidad local. Otro puede necesitar disminuir la respuesta nerviosa de protección. Y otro puede presentar una congestión o un proceso inflamatorio que está dificultando la recuperación.
El lugar donde aparece el síntoma no siempre nos muestra dónde comenzó el problema.
Los órganos también influyen en el terreno
El estado de la matriz extracelular también depende de los órganos que mantienen el equilibrio del medio interno. El hígado transforma moléculas; los riñones regulan el agua, los minerales y el equilibrio ácido-base; el intestino participa en la absorción, la inmunidad y la eliminación; y los pulmones eliminan dióxido de carbono y ayudan a regular el pH.
El tejido necesita unas condiciones químicas adecuadas para funcionar y repararse. Y hay órganos que son clave para ello.
Cuando existe estreñimiento, disbiosis, inflamación persistente, alteración metabólica, mala hidratación o una respiración superficial, el entorno interno puede cambiar.
Y cuando cambia ese entorno, también puede cambiar la forma en que responden las células, las terminaciones nerviosas y las fibras de la fascia.
Un tratamiento manual puede ser muy útil, pero el efecto que conseguimos puede durar poco si todo el entorno continúa mandando las mismas señales que generaron la rigidez.
Tratar la fascia es trabajar con un sistema en conjunto
Tratar la fascia no consiste únicamente en encontrar una zona rígida y presionarla hasta que se relaje. Necesitamos comprender qué está manteniendo esa tensión.
Como hemos visto, en algunos pacientes será necesario mejorar el deslizamiento y repartir mejor las cargas. En otros tendremos que ayudar al sistema nervioso a recuperar seguridad. Y en su conjunto será importante introducir movimiento progresivo, mejorar la respiración, favorecer la circulación, cuidar la hidratación o actuar sobre los factores metabólicos e inflamatorios.
Dentro de la Kinesiología Holística, utilizamos el test muscular como una herramienta de guía y orientación para detectar cómo responde el paciente ante diferentes estímulos y ayudar a organizar el tratamiento. Mediante el test podemos identificar las prioridades y saber qué necesita el paciente en ese preciso momento.
¿Está predominando una restricción estructural? ¿Una respuesta nerviosa de protección? ¿Un problema de circulación y drenaje? ¿Una cicatriz? ¿Una carga digestiva, metabólica o emocional?
La mirada holística consiste en reconocer que el cuerpo funciona como una red y descubrir qué parte de esa red necesita apoyo primero. No tratarlo todo a la vez.
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Cuando comprendemos que detrás de un síntoma pueden participar al mismo tiempo la estructura, el sistema nervioso, la circulación y el estado interno, aparece una nueva dificultad: que es saber por dónde empezar.
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